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Reinaldo Edmundo Marchant


ASTRID FUGELLIE - "ANTOLOGÍA, 40 AÑOS DE POESÍA (1955 - 2007)"


Con un sello particular, la obra de Fugellie es frágil, casi maternal, es como la geografía de Chile y

América juntas, con destellos de sus habitantes, sus historias, tragedias, diásporas, la magia que desentraña a esas razas que llegan y desaparecen.





El libro “Antología, 40 años de Poesía”, de Astrid Fugellie, reúne la mejor producción lírica de esta poeta magallánica, referente indispensable del panorama cultural de las últimas décadas.

Cuenta con un amplio, redondo y excelente prólogo de Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura, quien destaca su lírica en las letras chilenas, desmenuza la impronta de sus poemas, recorre el largo itinerario de su propuesta y señala, con insistencia, el valioso legado artístico de la autora.

Lo que indica Zurita no es una exageración: es un merecido reconocimiento a una intelectual que ha desarrollado un trabajo artístico cultivando la imaginación, la exploración lírica y los procesos naturales en el manejo de la palabra.

El mejor cuaderno para escribir que utiliza esta poeta es el silencio, la soledad y el estudio constante.

Astrid Fugellie, es una poeta de tomo y lomo. Es y vive como tal, sin pose ni un acostumbrado arte de birlibirloque. Sus versos y estrofas devienen en lo unitario y armónico, culminando en un discurso pleno, que resalta en esta esperada Antología personal.

Proviene de la soledad y el frío de Punta Arenas, al igual que insignes vates y escritores, como Rolando Cárdenas, Aristóteles España, Ramón Díaz Eterovic, Roque Esteban Scarpa, y muchos otros.

Esta escritora explora a través de su palabra caminos poblados de contemplaciones, paisajes místicos, ancestrales, con escuetas pinceladas en versos, que emocionan y remecen por el profundo contenido humano.

Con un sello particular, la obra de Fugellie es frágil, casi maternal, es como la geografía de Chile y América juntas, con destellos de sus habitantes, sus historias, tragedias, diásporas, la magia que desentraña a esas razas que llegan y desaparecen.

Una fotografía certera daría cuenta que su poética es el cuerpo del mundo, sin establecer una dimensión pueril, sino en la relación que mantiene con lugares y criaturas, en una voz plural que se expresa y proyecta a partir de su propio territorio vital, y que luego, en otros momentos, se desdobla y continúa deslizándose por parajes donde los micro relatos, las enunciaciones y temas cotidianos adquieren magnitud insospechada.

En otros senderos, sus poemas románticos –que sí los hay hacia el final de cada uno- corresponden a la mítica soledad, al caos, la exasperación de los signos, desorientaciones rítmicas, lo excepcional y el absurdo –que siempre acompaña-, la angustiada fantasía entre el misterio y la realidad.

Fugellie, en cada etapa lírica, ha construido puentes de lo bello y humano, que a decir de Valéry “nada hay más bello como lo que no existe”, y en esa máxima encajan sus turbulencias poéticas, buscando ángeles en pináculos que son fragmentaciones imaginarias.

En sus textos, la mayoría resumidos en este libro, Astrid Fugellie escribe para que cante el corazón, para que peregrine la fantasía. Las delicias no son efímeras, es una invitación a releer los signos que están más allá de los pozos.

Unido a la profecía de Raúl Zurita, sin duda que esta valiosa poeta ocupa un lugar destacado en la poética nacional y americana.


SELECCIÓN DE POEMAS

CUECA

Deberé encontrar algún lugar en la memoria,
la que me resguardó en el principio inmenso
de tus ojos
respirando la calma aparente de los lobos
y los brazos
y los bozales.
Tiquitiquití, tiquitiquitá.

Y los bozales ¡Sí!
yo te lo digo
que parece que lloras
como el olvido.

Me instalaré a un costado de la membranza
y como una larga cueca ventearé el pañuelo
mojado por tu cara,
la que a zancadas fue muriendo y entre
taco y taco
fue tragando más preguntas que respuestas.
Tiquitiquití, tiquitiquitá.

Más preguntas ¡Sí!
yo te lo digo
que parece que lloras,
llora conmigo.


RAULINA YAGÁN YAGÁN

Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika, poblados de nutrias y sembraderos vecinos a la crueldad de las redes y el mar, murió un diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete.
Raulina Yagán Yagán no dejó más descendencia que uno que otro tejido a telar, que la infeliz, hubo de aprender para sobrevivir, porque el mínimo empleo repelió su oficio de entrelazadora de canastos y canoas en miniatura.
Y así, Raulina Yagán Yagán, la última yámana de Tekenica y de Ukika subió a los cielos donde Pedro, en nombre del Dios Padre Todo Poderoso la recibió:
• ¿Tu nombre?
• Raulina Yagán Yagán, repuso la indígena con la cabeza gacha, y luego agregó, Annu lalayala…
• ¿Qué dices?, interrogó el Blanco Santo.
• ¡Los he dejado!, ¡Ya los he dejado!, ¿Dónde puedo encontrar a mi padre dios yámana?
• ¿Tu padre dios yámana?, ¿Te refieres al dios padre de los yaganes?, insistió algo desconcertado el bueno de Pedro.
• ¡Sí!, sisí, se esperanzó Raulina Yagán Yagán.
• Murió, Raulina, tu padre dios murió el diez y siete de abril de mil novecientos ochenta y siete, en la tarde.

MISA

La vela está opaca, la vela solo oscurece.
En este juego de santos judas,
los enanos se arrodillan presuntos y cojos
y las prostitutas rezaban el vía crucis, melancólicas.

Tendría que haber alguna misa en que enanos
y prostitutas se congreguen para orar
por sus muertos, por sus sueños.
Los enanos bailarían sobre las teclas del órgano, y harían piruetas en columnas y confesionarios.
Las manos delirantes de las prostitutas
lanzarían sus entrañas al campanario
donde siempre hubo esperma de cirios.

Tendrían que existir algunas capillas
para los destrozados del alma:
Las capillas de los dioses marginales,
las capillas de los fantasmas de greda,
las capillas de los ojos de loza, sin nombre.

Esa Iglesia de los cielos lastimados.


LAS BRUJAS DEL APOCALIPSIS

Cuando mi bisabuela muerta parió seca, las parteras no pudieron hacer a la luz a mi abuela. Ella nació ahorcada por el cordón umbilical de la santa vieja.
Cuando mi abuela muerta dio a luz a mi madre, la frágil calavera de mi antecesora ya estaba colgada en el perchero entre la mampara ovalada y el diván de felpa roja.
Cuando mi madre muerta me trajo, entre dolor y llantos, por ser yo demasiado gruesa, mi mortaja estuvo sentada frente al espejo de la cómoda de ébano.
Cuando muerta alcancé la edad madura de la menstruación, vino mi hija yerta y blanca y se quedó para siempre en la habitación de balcones por donde la noche entraba muda.
Así nuestra dinastía jamás compartió ni un desayuno con la lectura de Baudelaire, o el final de cena con la música de Bach.
De tal suerte aconteció, porque cuando nació mi bisabuela muerta guardó en su armario estilo rococó, una mariposa nocturna dentro de una caja redonda y amarilla parecida a la luna. Se dijo que la mariposa era un dios hecho polvo.
Fue así como ninguna de las cinco muertas, nos atrevimos a abrir esa caja redonda y amarilla parecida a la luna. De algún modo, tuvimos miedo a ser obligadas a nacer vivas en medio de esa casa de adobe y tierra.

06/02/2009

AVANCE - CENTRO DE ESTUDIOS SOCIALES

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