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CARTA DE UN ANIMAL, AÚN NO ACOSTUMBRADO AL FUEGO DEL INFIERNO

Homenaje en vida a Javier Huérfano


Un poeta que en vida siempre quiso ser:

Animal de Vuelo



No entiendo como los padres obligan a que los niños acepten, que son diferentes y que pertenecen a otro mundo. Sobre el corazón del zinc, la lluvia retumba como una granizada de rocas. Dicen que nuestros buenos modales son malos, porque sólo conocemos la incultura y el mal ejemplo de nuestros padres. La vida palpita en nuestros hogares, cada vez que se pasa una hoja de vida. A veces una oportunidad de trabajo, se transforma en una primavera.


Aquí las alas a los sueños de los niños se les recortan, porque hay un mal olor que los delata. Es el olor de la miseria, así no se huela a lavaza o a marranera. Las virginidades de las niñas y de los jóvenes, se saltan por lo general la adolescencia; se pasa de esa magia inocente de la juventud, a una marchita madurez, que los lacera con sus espinas indolentes. Aquí las niñas aprenden a ser madres, cuidando y cocinándole a sus hermanos menores en estrofas de gasolina y en muy pocas ocasiones, conocen una muñeca. Aquí los niños nacen y crecen sin raíces, apresados a un absurdo destino gris, oscuro y triste como un infierno poco piadoso.


La felicidad depende del como se reflexione sobre los ahoras y las carcajadas irónicas del destino. La mitad de nuestra alegría depende de un partido de fútbol y de algunas canastas con cervezas. Nuestro mayor fracaso es el no luchar por ser realmente felices o dignos.


Son dolorosas las remembranzas cuando se ausentan para siempre, algunas siluetas. Recuerdo con amor los desvelos cuando construíamos ladrillo sobre ladrillo, hogares sobre el viento. La lujuria del pobre solo conoce el altar del amancebamiento. Aquí el concubinato es una opción de vida y contra el doloroso sufrimiento en solitario. El conformismo, la humildad y las humillantes reverencias, son la catequesis que se nos infunde desde niños, para que aprendamos a ser buenos soldados, policías, obreros o empleados. Para nosotros la única opción para hacer un paréntesis en el tedio y en el infortunio, es un golpe de gracia del azar, con un chance, una lotería y en el mejor de los casos: una herencia.


Las cometas se enredan en los cables de luz, como ilusiones decapitadas de sus sueños. La esperanza se atisba como los colores de una lejana aurora. El éxtasis del fuego, más que un canto, es una cueva anacoreta para sanar las heridas de los desencantos y esos miedos que gimen hambreados. El baño frío a la madrugada, nos despierta del todo para poder soportar, a esta absurda realidad. Aquí nadie se atreve a proponer el romper las tinieblas, que nos enceguecen. El hambre de algunas matrices, abortan legiones de angelitos negros. Hay discapacitados para quienes su infortunio, es una buena estrella.


Todos para uno, uno para todos. La acción comunal nos hace ilusos mosqueteros, a todos. No es fácil disimular el hambre ni el desencanto, liberando sueños de nuestros corazones y esparciendo semillas con futuro. Es demasiado fina la línea, entre el amor y el odio. Nos adaptamos a sobrevivir en paz y armonía, porque los barrios aquí, son pequeños pueblos en permanente carnaval.


Ahora morir es demasiado fácil; basta tener una sonrisa irónica en la cara, para comprar una lápida a plazos. Una fosa común, puede ser nuestro parque cementerio. Cuando las palabras se embriagan, los versos de las almas salen de sus madrigueras o cárceles. Aquí los días y los años se parecen todos. La rutina se repite como una obsesión esquizofrénica. Habitamos cual sombras una ciudad que no nos pertenece, ni nos acepta. Dicen que somos mano de obra, lumpen, estratos cero, uno o dos. Me siento menesteroso por sentirme menospreciado y no comprender, el porque soy diferente.


He visto campesinos desplazados, cuyas manos solo saben arar la tierra o trabajar en el campo. Es difícil aprender a trabajar el asfalto o sembrar en el cemento. Es insoportable el ruido de las máquinas, que en nada se parecen a los trinos de los pájaros o a los sonidos en las fincas ¡qué diferente es montar en bus, que a caballo!


Hay balas perdidas que sarcásticamente, siempre dan en un blanco inocente. He visto, conocido y vivido tantos momentos paradójicos, que me siento cansado y extraño en un mundo que ya no me pertenece. Los malos siguen sueltos por las calles, delinquiendo con cuellos blancos. Los colores de las fiestas de hoy en día, son una absurda policromía. Los ojos enceguecidos de las almas, sólo ven falsas oportunidades, baratijas, oropeles con baños dorados, vaginas mezquinas y oportunistas. El mundo le pertenece a las grandes corporaciones del infierno.

Ni siquiera cerrando las ventanas podemos escapar, del odio del agua que corre afuera, hacia las alcantarillas. Hemos crecido no jugando con hamsters, sino con ratas... observamos chulos o gallinazos, en vez de canarios... fornicamos como bestias, en vez de hacer el amor... aquí los ajustes de cuentas son absurdos y se asesina por poca cosa; nadie sabe lo que debe... pero todos nacemos endeudados por culpa de nuestra pobreza...


Ninguno aprendió nada de los mensajes que nos dejaron las guerras y las muertes de los grandes capos o mafiosos... las jóvenes se resignan a trabajar porque los que tenían dinero: están muertos o extraditados. El erotismo marca a las elegidas y otras se venderán por un salario miseria en fábricas. Las ciudades perdieron su encanto original, al modernizarse. Se embellecieron los espacios, pero se perdió el concepto hogar, familia, espacio propio. No existe peor pobreza, que una absurda riqueza.


El olor del trabajo, a honradez, en nada se parece a la fragancia que expelen las pieles de los ricos.


He visto niños, adolescentes y adultos, colgados del árbol de los suicidas. Aquí un levantamiento forense se confunde, con una recolección de basura. El miedo se enmaraña con el terror, pero nadie ve ni dice nada. El silencio es otra forma absurda de cárcel.


Nuestros niños se conforman con imaginar el sabor de una donut o dona, de un delicioso helado... nuestros paladares solo conocen el sabor de los granos, las carnes baratas y los aceites rancios.


Mi vida ha sido como el tarro de galletas tamborilero, con el que le puse ritmo a mis pasos de niño o la caja de bocadillos que tiraba con una pita, creyéndome un tractomulero... a veces bombero conductor de un carro de policía. No fue fácil aprender a soñar en grande, porque nunca fui a un reformatorio o a una cárcel para adultos para hacer mi magíster o especializarme en el arte de la supervivencia... tampoco tuve a una puta meretriz por institutriz, para que me enseñara a robar o a hacerme hombre odiando... porque el odio fortalece la piel de los músculos, pero transforma al cerebro en una argamasa murte.


Aprender a no matar o a no prostituirse, eran promesas difíciles de cumplirle a los padres. Vivir el día a día, era y sigue siendo, el salir a pescar con carnadas vivas. Nuestra ciudad se dividía en dos; ahora es un confuso minifundio, distribuido en territorios. Unos jugamos a ser buenos y otros prefieren hacer, siempre de malos. Ya no sabemos quiénes son los ladrones, ni quiénes son los policías. La sociedad es una cloaca. Somos una Repúbliqueta estrato cero. Ya no se puede creer en la prensa, ni en los medios, ni en la derecha, ni en la izquierda, ni en el centro. Somos peores que lobos transformados en chacales.


Cuando me paro al borde del abismo y contemplo el culo del infierno, tomó conciencia que los poemas, son más que diabólicos versos de fuego. He visto brillar algunos textos cual quasares. Hay poetas más sabios que la Biblia, pero nos olvidamos de beber su sabiduría. Buscamos sosiego y luz, cobijados con pieles de mujeres que siempre se ofrecen al mejor postor. Nunca he sabido si el sexo para nosotros es una puerta de escape, alas para escapar de este absurdo surrealismo o un psicotrópico para soportar el tedio.


La gente siempre ha muerto y el mundo sigue igual. Hay holocaustos absurdos que han estrujado al mundo, pero simplemente al pasar la hoja, el recuerdo se transforma en una imagen trasnochada. Ya no hay líderes, porque se acabó la inocencia del viento. Cuando contemplo la ciudad al amanecer, siento miedo del monstruo que se despierta. Salimos a recorrer el día, a descubrir la vida, con el alma en agonía o muerta.


He visto unos viejos tomando el sol, jugando parqués, otros toman aguardiente, otros unas cervezas... aquellos café caliente. El silencio de sus alegrías es muy diferente. Sus lágrimas se enredan en invisibles telarañas. Se consideran afortunados ganadores, por haber llegado a viejos. Envejecemos más rápido porque somos tratados cual motores maltratados y sin mantenimiento. Somos azotavidas, azotacaminos que pasaron sin dejar huellas ni grandes recuerdos. Simplemente el recuerdo de algunas imágenes sentimentales, por las que serán recordados por sus hijos.


No somos más que animales a quienes nos enseñaron a orar, a fornicar, a trabajar cual bestias y a producir mierda como máquinas.


No sé cómo pude sobrevivir o escapármele a la pobreza. Besé bocas y amé vaginas de poca plusvalía... pelee mis propias guerras en el monte y en la ciudad, que siempre fue más peligroso. Aprendí a odiar tanto como quienes vieron violar a sus hermanas o abrirle el vientre a sus madres preñadas para encenderles trapos con gasolina; otros vieron castrar o descuartizar a sus padres o hermanos... esos niños se transformaron en monstruos que viven desde entonces, cual fieras en del monte... hace más de 50 años desde los púlpitos, algunos curas conservadores arengaban que asesinar a un liberal nuera pecado... así evolucionó la violencia, muto de pieles... pero el odio es amargo... esos niños dejaron de ser humanos hace mucho... como cientos de guerrilleros urbanos que se cansaron de ver cómo se prostituían sus hermanas, novias o amigas, como única opción de escapar o ignorar a la pobreza, por unas horas o días... hay raíces demasiado profundas, que no podemos ignorar por más tiempo. Si en verdad existe voluntad política para exterminar a esas diabólicas vaginas, que abortan engendros clonados día tras día, no podemos ignorar las raíces de muchas historias.


Me cansé de luchar, para evitar ser atropellado; de ver en los ojos del viento, la mirada de la muerte. La muerte se recicla aveces con un rostro bello y en otras ocasiones, como una parca desdentada y envejecida como una bruja. Una carroña no puede seguir siendo: metáfora de la vida. Para poder volar hacia el sol, necesitamos alas que no se derritan como las de Ícaro. Ya no me importa el tiempo de las expectativas de vida, sino la calidad de vida. Me voy a despojar de esta tristeza que me ha acompañado, por tanto tiempo. No podemos educar a nuestros hijos como basura reciclada. No quiero ver más sus sueños enredados a los cables de luz, cual cometas. Deseo rescatar y revivir, los sentimientos muertos. Quiero que los jóvenes se ufanen por ser hombres y no ladrones asesinos, así sean el orgullo de sus madres.


No deseo ver construir más covachas, para criar hijos cual cerdos. Que el frío atraviese como la luz, las rendijas de las paredes, construidas con tablas viejas y cartones de desecho. No soporto que el odio sea más la bandera de nuestros sueños; que nos levantemos tarde para dormir el hambre o que los sueños de los jóvenes dependan de la mariguana, licores baratos o del basuco. La voz de este mensaje puede ser de paz o de guerra, porque estoy cansado que me maltraten, como un animal que sólo conoce la hambruna y el látigo.


Yo sé lo que es dormir a la intemperie en una ciudad fría como la capital o amanecer sobre la banca de un parque. Yo sé lo que es recibir una mirada desprecio, al solicitar una limosna. He vendido sangre y me he parado por horas con hijo enfermo, aguardando por una droga misericordiosa. Yo he vivido la malparidez de la pobreza. Hay pobres entre los ricos y ricos entre los pobres, pero el dolor, el odio y la muerte, son lo mismo para los unos o para nosotros. Sólo tuve un poco de dinero para intentar aliviarle el dolor o haber intentado arrebatarle a mi madre, a los brazos de la muerte.


Yo vi agonizar a mi padre, resignado a la risa burlona del dolor. ¿Y el malparido dinero, para que? ¿Para qué el dinero o la riqueza de algunos familiares? ya la oscuridad se devora a unos... hay silencios familiares que avergüenzan a otros... ¿serán ellos ciegos y estúpidos, como los "hermanitos menores"? el dinero demencia y enceguece.


Los absurdos de mi aventura existencial, son huellas sobre la piel de unas páginas en blanco. Escrito con esa sudor de mi sangre y mis miedos. Las lágrimas de mi carne, se transformaron en felicidad entre sombras y maleza espinosa. Sé que no soy más que un talego de sueños, vacío por estar desfondado como mis bolsillos. El amor ha sido mi guarida, más que un refugio. Me siento cansado y con el pecho adolorido. He escuchado tanto de la muerte, que ya me siento familiarizado con ella. Mi alegría es triste, como pérdidas o equivocadas están mis esperanzas. Dicen que estoy loco, que soy un maniaco depresivo... pero estoy cansado de vivir entre cumbres y abismos, como un barco bipolar en altamar...


No sé si este testimonio escandalice a alguien. No son más que palabras fruto de la desidia y del hartazgo. No podemos heredarles un basurero por mundo, a nuestros nietos. Pedirles perdón, jamás sería suficiente. No podemos seguir sacrificándonos, para privilegiar a unos pocos. Sé que la soledad es peligrosa, para enfrentarnos desnudos a la demencia de la realidad. No nos derrumbemos, sin pelear. No nos suicidemos más, en guerras fratricidas. Comencemos a descontaminar a nuestros corazones. No podemos seguir muriéndonos, frente a la indiferencia de hombres transformados en piedras o apáticos muros. Rompamos los eslabones de estas cadenas. Aprendamos a volar como animales con alas y a soñar como los muertos, que prefieren no despertar, para no conocer más humillaciones.


Encendamos luces en nuestros corazones; sacudámonos unos a otros, hasta que despertemos. Regalemos besos y abrazos, hasta que germine el amor como una primavera universal. No creamos más en esas estadísticas que comprueban, que si un millón de personas mueren de hambre y una persona gana para comer un millón de veces, todos han comido… es difícil sobrevivir con dignidad, con salarios de hambruna. Creo en la teología del amor. Todo lo que se necesita es humanizar y compartir un poco de amor. Todo lo que se necesita es un poquito de amor.



Héctor “Animal de Vuelo” Cediel

Seudónimo en homenaje a nuestro compañero Javier Huérfano

2009-07-27

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