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Mil años de poesía europea, por Luis María Anson, de la Real Academia Española
Servido por Alicia Rosell el jueves, noviembre 05, 2009
por Luis María Anson, de la Real Academia Española
Hace muchos años que Francisco Rico, el cáustico, el impertinente, el provocador, el sabio Francisco Rico, está instalado en las cumbres de la intelectualidad. Desde las alturas del águila contempla desdeñoso el volar de los jilgueros. Cuando se digna a descender hasta la mar océana, Francisco Rico se convierte en un acorazado al que rodean las piraguas.
Estudiosos muy tenaces del Quijote suelen afirmar con rara unanimidad: “Hay un Quijote antes de Rico y otro después de su edición crítica”. Y es verdad. Científicamente nadie ha penetrado de forma tan profunda en la obra cardinal de Cervantes. Pero los saberes literarios de Rico no terminan en el manco de Lepanto ni en la Celestina ni en Lope o en Quevedo. Se extienden a las literaturas europeas, sacudidas por su inteligencia como el carnero adalid hostiga a las ovejas que balan.
He dedicado un finde del verano pasado a leer Mil años de poesía europea, la antología bilingöe publicada por Francisco Rico. Hay que saber mucho de versos y poetas para extraer del cesto gigante de las cerezas las frutas más granadas y enzarzadas en una docena de idiomas distintos. No están, claro, todos los autores que son pero son todos los que están. También son todos los poemas que están aunque no estén, como es lógico, todos los que son.
Cada lector, conforme a su música interior, echará de menos a algún poeta preferido o a tal poema inolvidado. Pero la lectura objetiva del libro, desde la palabra yacente a la palabra pánica, levanta la admiración por un antólogo que ha cogido delicadamente las pinzas del tiempo para espigar, entre el temor y el temblor, lo mejor de la poesía europea.
Un pequeño error al citar un soneto de Lorca o la cabezonería franciscana de no aceptar el plural en el segundo terceto de un poema de Quevedo, como ha demostrado Fernández Mosquera, no enturbia la claridad del agua que fluye a borbotones de un manantial antológico emocionante por su calidad y por su cantidad. En su Pentecostés de la poesía, Rico ofrece ideas muy ácidas para aderezar los manjares de la lírica. El académico, con su ademán habitual de gótico tardío, no se suma ni al derrotismo ni a la decadencia. Cree que vivimos en un espléndido pentecostés. Y seguramente no le falta razón, a pesar de ciertas lagunas y no pocas fracturas que oscurecen y fragilizan la vida poética de algunas naciones.
Desde el punto de vista científico, en fin, me parece un acierto que Rico firme cada poema traducido con el nombre del traductor o que de L´albatros de Charles Baudelaire ofrezca diez traducciones distintas. Está claro que, tras cada poema, hay un esfuerzo gigante para publicar los versos más rigorosos. Nadie negará el trabajo investigador y científico que se oscurece tras el brillo de estos Mil años de poesía europea. Un diez, pues, para la musculatura literaria de Francisco Rico.
Un diez con orejeras para que siga tirando, que es lo que le gusta, del ronzal de tanto escribidor tórpido como le rodea. Resulta que Rico mantiene intacta la capacidad para la invectiva, la misma de la que hacía gala en sus años mozos, cuando escribía, por cierto, en Círculo, la revista cultural que yo dirigía y que estaba contra la dictadura de Franco y a favor de la Monarquía de todos que defendía Juan III desde su exilio de Estoril. Círculo aguantó solo cuatro meses. Fue secuestrada y prohibida por la censura y yo, multado y preterido por el dictador. Francisco Rico, en fin, es el cowboy de la palabra. Está siempre dispuesto a desenfundar su frase del nueve largo y acribillar a ironías y destellos al que se permita discrepar de su sabiduría
Hace muchos años que Francisco Rico, el cáustico, el impertinente, el provocador, el sabio Francisco Rico, está instalado en las cumbres de la intelectualidad. Desde las alturas del águila contempla desdeñoso el volar de los jilgueros. Cuando se digna a descender hasta la mar océana, Francisco Rico se convierte en un acorazado al que rodean las piraguas.
Estudiosos muy tenaces del Quijote suelen afirmar con rara unanimidad: “Hay un Quijote antes de Rico y otro después de su edición crítica”. Y es verdad. Científicamente nadie ha penetrado de forma tan profunda en la obra cardinal de Cervantes. Pero los saberes literarios de Rico no terminan en el manco de Lepanto ni en la Celestina ni en Lope o en Quevedo. Se extienden a las literaturas europeas, sacudidas por su inteligencia como el carnero adalid hostiga a las ovejas que balan.
He dedicado un finde del verano pasado a leer Mil años de poesía europea, la antología bilingöe publicada por Francisco Rico. Hay que saber mucho de versos y poetas para extraer del cesto gigante de las cerezas las frutas más granadas y enzarzadas en una docena de idiomas distintos. No están, claro, todos los autores que son pero son todos los que están. También son todos los poemas que están aunque no estén, como es lógico, todos los que son.
Cada lector, conforme a su música interior, echará de menos a algún poeta preferido o a tal poema inolvidado. Pero la lectura objetiva del libro, desde la palabra yacente a la palabra pánica, levanta la admiración por un antólogo que ha cogido delicadamente las pinzas del tiempo para espigar, entre el temor y el temblor, lo mejor de la poesía europea.
Un pequeño error al citar un soneto de Lorca o la cabezonería franciscana de no aceptar el plural en el segundo terceto de un poema de Quevedo, como ha demostrado Fernández Mosquera, no enturbia la claridad del agua que fluye a borbotones de un manantial antológico emocionante por su calidad y por su cantidad. En su Pentecostés de la poesía, Rico ofrece ideas muy ácidas para aderezar los manjares de la lírica. El académico, con su ademán habitual de gótico tardío, no se suma ni al derrotismo ni a la decadencia. Cree que vivimos en un espléndido pentecostés. Y seguramente no le falta razón, a pesar de ciertas lagunas y no pocas fracturas que oscurecen y fragilizan la vida poética de algunas naciones.
Desde el punto de vista científico, en fin, me parece un acierto que Rico firme cada poema traducido con el nombre del traductor o que de L´albatros de Charles Baudelaire ofrezca diez traducciones distintas. Está claro que, tras cada poema, hay un esfuerzo gigante para publicar los versos más rigorosos. Nadie negará el trabajo investigador y científico que se oscurece tras el brillo de estos Mil años de poesía europea. Un diez, pues, para la musculatura literaria de Francisco Rico.
Un diez con orejeras para que siga tirando, que es lo que le gusta, del ronzal de tanto escribidor tórpido como le rodea. Resulta que Rico mantiene intacta la capacidad para la invectiva, la misma de la que hacía gala en sus años mozos, cuando escribía, por cierto, en Círculo, la revista cultural que yo dirigía y que estaba contra la dictadura de Franco y a favor de la Monarquía de todos que defendía Juan III desde su exilio de Estoril. Círculo aguantó solo cuatro meses. Fue secuestrada y prohibida por la censura y yo, multado y preterido por el dictador. Francisco Rico, en fin, es el cowboy de la palabra. Está siempre dispuesto a desenfundar su frase del nueve largo y acribillar a ironías y destellos al que se permita discrepar de su sabiduría
Luis María ANSON
ZIG ZAG
Interesante la correspondencia de Jorge Guillén con Eduardo Lourenço que publica Colóquio, en un número espléndido sobre el ensayista portugués. Lourenço, autor de Sentido y forma de la poesía neo-realista es un filósofo de enorme influencia en la vida lusitana. Se mueve entre Husserl, Kierkegaard, Nietzsche y Sartre. Lourenço publicó en 1998 El esplendor del caos, ensayo que recomendaría yo a Zapatero. Hablé de Lourenço con Tomás Paredes, el inteligente presidente de la AMCA. Fue en el Jurado del premio BMW, que se ha convertido en referencia de los premios pictóricos españoles gracias a la lucidez y a la capacidad de Gigi Corbetta.
Interesante la correspondencia de Jorge Guillén con Eduardo Lourenço que publica Colóquio, en un número espléndido sobre el ensayista portugués. Lourenço, autor de Sentido y forma de la poesía neo-realista es un filósofo de enorme influencia en la vida lusitana. Se mueve entre Husserl, Kierkegaard, Nietzsche y Sartre. Lourenço publicó en 1998 El esplendor del caos, ensayo que recomendaría yo a Zapatero. Hablé de Lourenço con Tomás Paredes, el inteligente presidente de la AMCA. Fue en el Jurado del premio BMW, que se ha convertido en referencia de los premios pictóricos españoles gracias a la lucidez y a la capacidad de Gigi Corbetta.
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