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"TRAS LAS HUELL AS DE NERU DA"

Ramiro Lagos, poeta epico de America


La poeta chilena Alicia Galaz-Vivar Welden, publica este articulo en su obra, "Ramiro Lagos, poeta epico de America" en que se destaca la tedencia épico nerudianas del poeta colombiano.


Ramiro Lagos destaca las huellas de Pablo Neruda en varios vates latinoamericanos, que marchan tras su liderato de poeta-conductor, en las voces antologadas en su Mester de rebeldía de la poesía hispanoamericana. Conscientes todos de que el poeta es la voz del pueblo y de esa gran patria indoamericana por reivindicar y defender de sus explotadores y opresores, la poesía que transcribe el antólogo es una poesía comprometida, convirtiéndose en otro canto general de la poesía continental, paralelo al Canto general de Neruda, como modelo a seguir en sus objetivos y como propuestas realistas de su manifiestos poéticos.

Es de entenderse que los alienta a todos el espíritu de Neruda, formando una nueva vanguardia épico social, marchante codo a codo con las muchedumbres. Se hacen eco de esa nueva vanguardia altas voces destacadas de cada país como, por ejemplo, en Argentina Juan Gelman y Mario Trejo, en Bolivia Alcira Cardona Torrico, en Ecuador Jorge Enrique Adoum, en el Salvador Roque Dalton, en Méjico Efraín Huerta y el grupo la Espiga Amotinada, en el Perú Alejandro Rumualdo, en Uruguay Mario Benedetti, en Paraguay Elvio Romero, y otros conocidos portavoces de la poesía en movimiento que propugnan la democratización de la poesía con el clarín del viento popular como Ernesto Cardenal en Nicaragua, Nicolás Guillén en Cuba y Luis Vidales, autor de La Obreriada, en Colombia.

En este país, de donde es el poeta Lagos, hay más de un centenar de poetas abanderados de la poesía insurgente que en cierta manera forman un todo con esa expresión testimonial de realismo social e histórico, de Pablo Neruda. Por eso fue un acierto que Ramiro Lagos las antologara bajo Poesía liberada y deliberada de Colombia. Se destacan allí las voces de Jorge Zalamea, Luis Vidales, Emilia Ayarza, Carlos Castro Saavedra.

Ramiro no incluye en esta antología a un amigo de Neruda, Eduardo Carranza, porque según el antólogo, entre los dos poetas se marcaba una diferencia, cuando el chileno le dice al poeta del oficialismo literario: “Yo soy el poeta de la tierra y tú eres el poeta del aire”. Ramiro Lagos, convocando a estos portavoces de la poesía comprometida, pero más que todo, siguiendo las huellas de Pablo Neruda, lidera en su comarca de Santander, Colombia, un movimiento protestatario y entonces surge la poesía testimonial con su libro Testimonio de las horas grises (1964).

Al publicar años después (1981) Cantos de gesta comunera, se lanza a abanderar la épica social, destacando al héroe del movimiento comunero José Antonio Galán y a cuantos héroes de otras nacionalidades se encarnan en él, para proseguir con los héroes libertarios en su Cantos de épica bolivariana.

Desde que leyera de nuevo el Canto general de Neruda con motivo de la visita del poeta a Colombia, a mediados del siglo XX, Ramiro Lagos se propuso seguirlo, no en su estilo y formas de expresión poética, sino en cuanto verlo como un conductor, en cuanto a sus objetivos y enfoques temáticos y también en cuanto a la colectivización del héroe, identificándolo con el pueblo de Indoamérica. Neruda, para Ramiro, no fue sólo un adalid sino un defensor del pueblo victimizado por sus opresores. Por eso, Ramiro dedica una octava real en su libro Cantos de gesta comunera, evocando a Pablo Neruda, y así dice:

Cante el verso con voz de escalofrío

su protesta Neruda, cante, cante

su Canto general, y allí se plante

la denuncia del mustio Bio-Bio,

para que el mundo sepa que hubo río

con vísceras de obrero y estudiante

y una guitarra rota que cantara

la asesinada voz de Víctor Jara.


El poeta chileno Sergio Macías, Premio Nacional Pablo Neruda 1984, después de leer los Cantos de la epopeya de América, de Ramiro Lagos, dice:

“La voz épica de Pablo Neruda hizo eco en el poeta colombiano, Ramiro Lagos, sin que por ello pierda su particular manera de expresión. Entre otros libros, su Cantos de la epopeya de América, nos muestra el compromiso social, la alabanza a la gesta comunera, como Neruda en cierta medida lo hace en Canto general, especialmente en ‘Comuneros del Socorro’ (1781), dedicado a Manuela Beltrán. Así, el canto totalizador de la América indígena y contraria al imperialismo español entronca con Colombia.

Porque en Ramiro Lagos está lo contestatario, la ética social y, en este aspecto, sigue la huella nerudiana, como otros creadores latinoamericanos que piensan que, tal compromiso con una realidad dramática, esperanzadora y mágica permanece vigente. Por lo menos, mientras el continente no se libere de las fuerzas opresoras, porque con miseria no hay libertad. El verbo de Ramiro Lagos es la epopeya del espíritu americano. Un canto humanista en camino de la justicia y la esperanza”.

Con Canto general, Neruda se erige como la piedra angular de la literatura comprometida del siglo XX. Su obra se hace universal. Resuena en los Andes del Norte de Sur América con la misma espada de la épica testimonial con que Ramiro Lagos destruye mitos y desnuda verdades vestidas de mentiras acomodaticias. Se rige en fustigador y esgrime su verdades en las caudalosas aguas del realismo crítico: pide redención para Juan Pueblo que vemos amordazado, torturado, ajusticiado, empobrecido, enfermo y hambriento; éste es el mismo que en otra latitud geográfica nos presenta Neruda como Juan Cortapiedras, Juan Comefrío, Juan Piesdescalzos.

Ramiro Lagos, va más allá, no sólo describe el aspecto deplorable de la víctima Juan Pueblo, sino que quiere verlo vigorosamente, aguerridamente, surgido como de un vocal, para lanzar a los vientos la lava iracunda de su protesta. Quiere hacer de Juan Pueblo un héroe colectivo militante como José Antonio Galán, el Comunero, como Tupac Amarú, el héroe incaico. Pueblo y poeta, mancomunados, siguiendo las huellas de Neruda, contribuyen a poner esa epopeya en marcha que arranca de Canto general.

Este poema-libro es la gran epopeya de América y según el crítico chileno de la Universidad de Irvine, Juan Villegas, su carácter de epopeya no deja de serlo, al estilo y concepción nerudiana, aunque formativamente se aparte de los modelos clásicos y de la rima tradicional. Ramiro Lagos, escribe excepcionalmente sus Cantos de la epopeya de América actualizando la forma métrica tradicional de La araucana, pero manteniendo la tónica y el espíritu de Canto general y recogiendo a su vez la colectiva voz del viento huracanado.

La epopeya social americana, desde luego, la escribe Pablo Neruda. Así lo sostiene con dialéctica de entusiasmo nerudiano Ramiro Lagos en un ensayo del cual transcribo algunos de sus apuntes: “Neruda, por imperativo de la literatura social, sacude el árbol de la libertad, para ver caer su semilla otra vez en la tierra, de donde resucitarán las víctimas de los verdugos de la historia, no ya como víctimas sino como simbólicas semillas reivindicadas y fecundas después de la tormenta”. Cito:


Aquí viene el árbol, el árbol

de la tormenta, el árbol de pueblo.

De la tierra suben los héroes

como las hojas por la savia,

y el viento estella los follajes

de muchedumbre rumorosa

hasta que cae la semilla

del pan otra vez en la tierra


Neruda enarbola la nueva poesía, la nueva literatura indoamericana, pero tomada de la cepa misma del tronco popular. Ver surgir en el espíritu de Neruda el “árbol de los libres”, “el árbol tierra”, “el árbol pan”, “el árbol flache”, “el árbol puno”, quiere decir que el poeta, liberándose de los ismos europeos, le traza a la literatura nuestra un nuevo derrotero, para recobrarle su acento, su autenticidad, su olor a tierra nuestra, su ritmo, su mensaje. Y el mensaje de la nueva literatura es social, testimonial, revolucionario.

Hay, por lo tanto, un nuevo lenguaje con nuevos símbolos, nuevos mitos y nuevas concepciones de la historia basada en una revisión de la misma, para rectificarla, para derribarle sus falsas estatuas, para sustituirlas por héroes populares, ayer víctimas de la opresión y del mandoble traicionero y cruel de la conquista, pero hoy alineados y robustecidos como libertadores marchantes dentro de su epopeya.

Es allí, en su Canto general, donde el antiguo héroe verdugo se le convierte en anti-héroe, en el espíritu maligno, en el baldón de la historia americana. En tanto el héroe caído, luchador o defensor de su causa, se convierte en héroe nacional o continental de la epopeya andina, Neruda, como poeta social, era un sociólogo de la historia, o si se quiere, un filósofo de ella razonador a fondo, tocando hasta el mismo tuétano de la realidad. Su intrahistoria lo sitúa no sólo como un observador sino como un sentidor de la historia real, no la inventada o mal observada por perspectivas burguesas, por historiadores mercenarios, por turiferarios palaciegos, maestros de la mentira y la manipulación.

Al revisar la historia de los comuneros, fue un acierto que Neruda descubriera la efigie de Manuel Beltrán, para introducirle con su bizarría en su Canto general. De la voz enardecida de esa cigarrera que dijo, pensando acaso en el rey inca: “Viva el rey, muera el mal gobierno”, se hace eco Neruda para llevar ese mensaje a su Canto general con mueras para los déspotas de hoy.

Adviértase la dimensión que asume en la pluma de Neruda la intrépida Manuela Bletrán, tan altanera y rebelde como Galán, el caudillo campesino de Nueva Granada, y comparable sólo con La Gaitana, precursora de la primera insurrección india contra los tiranos. La inclusión de su efigie en Canto general acusa tal trascendencia que por medio de Neruda, Premio Nobel, se le conoce ya en la historia de la literatura universal.

Al conmemorarse en 2004 un siglo del nacimiento de Pablo Neruda, su Canto general se vuelve a poner en pie de marcha y nosotros lo seguimos a través de nuestros cantos comuneros, escuchando su voz en el poema:


Fue Manuela Beltrán (cuando rompió los bandos

del opresor y gritó: “mueran los déspotas”),

lo que los nuevos cereales

desparramó sobre la tierra.

Fue en la Nueva Granada, en la villa

del Socorro. Los comuneros

sacudieron el Virreinato

en un eclipse precursor.


Neruda no menciona con nombre propio a José Antonio Galán, caudillo de los Comuneros ni a su comando mayor caídos por traición del arzobispo-virrey, después de un pacto sobre la Biblia, como testigo de Dios. Pero destaca sus “cabezas recién cortadas”, entre las cuales la del caudillo sobresale como una bandera que, paseándose por todas las regiones de Colombia, fue dejando gotas rojas de su sangre como semillas caídas del gran roble, árbol de la libertad, con que el poeta anuncia en Canto general el paso épico de los libertadores populares.

Igual que Neruda, Ramiro Lagos se pronuncia contra los Sátrapas, haciéndose eco del espíritu de lucha y de su repercusión en los diferentes países del continente. Identificando a los tupamaros contemporáneos con los comuneros de todos los tiempos y resaltando su confrontación frente al poder del mal, dice:


Tupamaro es el pueblo: comuneros

de todas la naciones, mayorías

dominadas por castas y jaurías

de tiranos, esbirros y rateros.

Contra ellos están los montoneros,

contra ellos que son las tiranías,

contra ellos los pulpos, oligarcas

que se engullen la patria con sus arcas.


Estoy por concluir que el poeta Ramiro Lagos, con sus Cantos de la epopeya de América, intenta, tras las huellas de Neruda, continuar su Canto general, como secuencia del sentir y disentir poético de este siglo, ya que su influencia cobra vigencia y se proyecta aún más, como lo expresa el propio poeta Lagos en su antología Poetas sin fronteras, que abre el siglo XXI: “La poesía del nuevo milenio será una gran voz de voces concentradas en el Nuevo canto general vibrante en el corazón del cosmos”.


Este artículo me ha sido enviado por el propio Ramiro Lagos. Gracias, Ramiro. Un gran abrazo. A tu disposición.


ALICIA ROSELL, RESPIRANDO POR LAS BRANQUIAS DE LA CULTURA...

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