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PRESENTACIÓN DE "SOLEDAD QUE EN MI MORAS"

Alicia Rosell

DEUSTO - BILBAO, 23 JUNIO 2010



La tarde de San Juan, día 23, nos dimos cita en La Librería de Deusto , en Bilbao, un puñado de amigos, representados y colegas, además de algunos familiares para celebrar la presentación de mi poemario, "Soledad que en mi moras" (poesía y prosa poética amatorias).


Yo quise que fuera una presentación sin glamour, totalmente íntima, entre amigos y familia, y así fué.

Doy las gracias al escritor y amigo bilbaino, Fernando García-Pañeda por su trabajo y disertación sobre mi obra poética en la presentación. Autor de varias novelas: "Las lágrimas de Eurídice", "Kismet", "Tres Gymnopedias" y "Sueño y Azar" (que pronto verá la luz).

Vaya desde aquí también, mi agradecimiento al librero de la emblemática "La librería de Deusto" por poner la librería a nuestra disposición, y a los asistentes que entraron y salieron, pero se llevaron mi libro bajo el brazo.

A todos... Gracias por acompañarnos en esa agradable tarde soleada de Bilbao que coincidía con la víspera de San Juan, la noche mágica del inicio del solsticio de verano.
Así mismo, gracias a mis representados escritores, - alguno llegó de fuera del País Vasco-, por hacer posible que la presentación de mi poemario contara con sus inestimables presencias.


Gracias a todos, porque al acompañar "la soledad que en mi mora", iluminásteis mi corazón de tal forma, que ahora rebosa compañía y felicidad; la misma que brindo a la memoria de mi hermano, recientemente fallecido.

Os dejo un vídeo: la segunda parte. Donde F. García-Pañeda diserta sobre mi poemario. El resto del vídeo pueden terminar de verlo (apenas dura 30 minutos) en mi canal YouTube: http://www.youtube.com/user/aliciarosell


Páginas personales de Fernando García-Pañeda:
http://www.territorioenemigo.net
http://tresgymnopedias.net



Alicia Rosell, 29 junio 2010

BLANCA DEL CERRO: GANADORA DEL SEGUNDO PREMIO DEL IV CERTAMEN DE RELATO CORTO CIUDAD DE HUESCA




Publicado por Blanca del Cerro el junio 16, 2010 a las 12:49pm en Poesía y Narrativa en todos los idiomas

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El domingo, 13 de junio, tuvo lugar la entrega de premios del IV Certamen de Relato Corto Ciudad de Huesca, en el cual obtuve el Segundo Premio con el cuento titulado AQUEL DÍA DE LLUVIA.









AQUEL DÍA DE LLUVIA


Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía que quitar de encima a manotazos.. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas como si se tratara de un inmenso maremoto aavanzando inquieto hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras almas y nuestros cuerpos.


El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.


Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.


Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran abandonarlos jamás.


La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón, había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.


No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.


La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por los que bailaba minuetos y boleros tristes.


Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como hordas a caballo del tiempo e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los días de mi infancia en Huesca, nuestra diudad, juntos los dos en aquel fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos multicolores.


La danza de la lluvia se iba transformado lentamente en una acalorada mazurca compuesta de suspiros y sombras.


Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de ramilletes de olvido y manojos de futuro.


Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las gotas de lluvia bebían el aire.


Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los misterios del cuidado y del abono, me enseñó el infinito universo de las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del espectro oscuro de la desesperación.


El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.


Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían sino que, cuando se marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio donde se iban acumulando y acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las escuchaba embelesada.


Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de machacar las almas.


El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos, siempre apoyados el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, quise trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.


Preparé una pequeña maleta con lo suficiente para pasar dos días fuera y bajé al garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.


Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos separados, lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su negativa fue rotunda.


La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía durante el recorrido.


Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un hueco -algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones- me acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.


Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraba en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.


Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo, mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya nada fue igual.


Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.


"Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname".


Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranzas.


Una vez finalizados el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a celebrar el funeral.


Entré en casa de mi padre al atardecer.


Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.


Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.


Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente abierto y eternamente cerrado.


Me acosté sin cenar. No sentía hambr, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa, mucha culpa. No sé si dormí.. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me icorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.


Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.


Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel de temblores en forma de burbujas de adueñaba de todos los rincones de mi piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de angustia.


Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no lo era.


Seguía lloviendo.


El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían gotas que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo que las nubes lanzaban, lo que sonaba suavemente con sonido de mariposas, lo que pululaba por el aire, no eran gotas, eran... pétalos, cientos, miles, millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.


Aquello no era posible.


Y los pétalos descendía suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie salvo ellos escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.


Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.


Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y los sentí en la piel como un milagro.


Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.


Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.


- Papá... -dije.


Su nombre llenó mi boca.


El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de pétalos cayendo.


- Papá... -repetí-. Gracias. Gracias por responderme.


Ejércitos de pétalos.


Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.


Lluvia de pétalos.


- Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.


Pétalos y pétalos y pétalos...


Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.


Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.


Blanca del Cerro© Todos los derechos reservados

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Por: Plinio Parra
Escritor colombiano


Hijo mío:

Esfuérzate por mirar en cada rosa un átomo de Dios. Y quizá Dios vuelva a inventar la primavera, a causa de tus ojos.

Esfuérzate por respetar los derechos de la bestia y del insecto. Y quizá Dios acoja con indulgencia nuestros defectos, a causa de tu justicia.

Esfuérzate por ver en cada desvalido una prioridad. Y quizá Dios extienda su ala sobre la desvalida Tierra, a causa de tu compasión.

Esfuérzate por recordar siempre que detrás de toda voz palpita un corazón. Y quizá Dios escuche con mayor solicitud nuestros ruegos, a causa de tu nobleza.

Esfuérzate por comprender cuán importante es el chiste de cada prójimo en la sonrisa del mundo. Y quizá Dios nos perdone algunas lágrimas, a causa de tu buena voluntad.

Esfuérzate por contemplar en cada ser humano una catedral. Y quizá Dios aborte el próximo Diluvio, a causa de tu fe.

Esfuérzate por descubrir en cada signo del mundo, incluso en la calamidad, el pulso firme de la Providencia. Y quizá, cuando llegue la hora de la tribulación, Dios nos dé su mano, a causa de tu sabiduría.

¡Insiste, insiste, insiste, muchacho! ¡No te rindas! Y quizá Dios nos ofrezca otra oportunidad, al considerar tu obstinación.


¡FELIZ DÍA ESCRITORAS Y ESCRITORES!

María Magdalena Gabetta


Ocurrió sin pensarlo,

simplemente un momento ,
una ráfaga distinta, un giro del viento
Explosión de Ideas.
El alma se expande
Surge el grito, la palabra
¿qué es esto?
¿quizás una lágrima?
Sentimientos encontrados
sacuden su alma.

Nace intempestuoso

un nuevo escape a su tensión interna.
El volcán en ebullición
lanza su lava hacia el papel
la mano escribe ligera.
La pasión encubierta
surge a la superficie,
arrasa, seduce, atrapa
envuelve en una masa ígnea
que devora y muta oscuridades
impregnándolas de luz nueva.

Veo sus ojos, mirada intensa,

apasionada frente,
resguardando una mente diferente,
radar que percibe lo imperceptible,
capaz de ver la magia de una araña
o el sutil veneno de un beso.

Se admira al escritor.

Pluma e ingenio.
Sangre y sentimiento.
Risas y llantos.
Vida y Muerte.
Mente que vuela sin fronteras,
palabra que lo expresa.

Humano entre humanos

Faro de inteligencia
Hacedor de historias
que todo lo liberta
para parirlo en letras.

María Magdalena Gabetta
(Pintura extraída de la web)


La muerte, siempre la muerte. La piedra de escándalo del olvido y del recuerdo. El misterio insondable permanente. La muerte como tema perenne de la poesía. Se muere desde el momento mismo del nacimiento; la agonía humana comienza con el soplo vital iniciador. Existe porque hay vida. El yin y el yang. Anverso y reverso del momento que nos puebla. Es probable que no exista escritor alguno que la haya podido esquivar, ni como tema. Dejar de tocarla, en sus preocupaciones creativas, para lo que sea: abrazarla, adorarla, solicitarla, temerle, rehuirle, reconocerle, desconocerle, gritarle, murmurarle...


La muerte, multimanoseada por músicos, pintores, escultores, bailarines, artistas de toda laya y hasta no artistas. Razón de ser de la filosofía de todos los tiempos. Motivo para pensar o escapar.


La muerte, cómo no, fue un tema recurrente en la poesía de José Alfredo Mondragón. Ahora podríamos decir, siempre se dicen esas cosas en retrospectiva, que hubiera parecido que José Alfredo, el poeta que naciera en El Oro, en febrero de 1956, sabía que moriría en uno de sus tantos retornos a Ítaca, el 31 de marzo de 1990. Temprana muerte a los 34 años de edad. ¿Alguna muerte no es prematura? Parecía que lo hubiera sabido por algunos de sus proféticos textos de añoranza adelantada. La palabra es poder que cruza el tiempo:



...Con esta mano

que es más polvo que silencio

puedo asir la luz

incendiar el rostro

que no alcanzo a entender

detener el tiempo y detenerme...


En su primer poemario, Metumbe, de dónde está tomado el anterior texto hay azoro y extrañeza por la ciudad, que pareciera envolver al hombre que la habita en un torbellino, velocidad para des-almarlo, quitarle el alma, arrojarlo a la muerte o recordar, contando las cuentas de alguien que es invocado:


...Inclinada sobre la piedra,

sobre la médula eléctrica de una avenida,

sobre el tronco que se extiende

como una pregunta,

la marea enciende los rumores,

los desborda como puñados de arena

hasta sentir la voz de las vértebras,

la identidad de alguien que recuerda una edad...


Benjamín Araujo (fragmento) Del ensayo de Benjamín Araujo Mondragón "El león en llamas. José Alfredo Mondragón: Obra poética"
(Edición preparada por Marco Aurelio Chavezmaya) Septiembre de 2006. Colección: Raíz del hombre. Instituo Mexiquense de Cultura.


Soneto clásico con Doble rima


Rafael Merida Cruz-Lascano


Y… VIENE LA PRIMAVERA


Camino a ti tras tu mirar lejano,
Destello que soñaba dejara huella,
Bello lucero la frente destella
Declino mi voz, no soy soberano.

Determino sagaz pedir su mano
Cabello rubio tiene mi doncella,
Cuello blanco luce el vestido de ella
Adivino a Cupido como hermano.

cargó su flecha con raro agasaje
alhaja querida coloca en mano
embargó mi acento, verás, salvaje,


Bajó su mirada hacia el blanco llano
Alarga el tiempo con fresco ramaje
Ultrajó el solar que rompe el verano.



Rafael Mérida Cruz-Lascano
Guatemala, C.A.

martes 25 de mayo de 2010 - Asamblea de Palabras ¡Gracias, Francisco Cenamor!


Somos muchos los lectores y escritores que hemos conocido, mediante esa herramienta de masas que es Internet, a una autora especial que podríamos calificar de “incombustible”, que día tras día nos ha mantenido al corriente de sus actividades.

Gracias a su programa radiofónico y su revista digital La voz de la palabra escrita internacional , en poco más de dos años ha conseguido llegar a un público amplio y dispar que se encuentra nadando por las cuatro esquinas de nuestro planeta, configurando una fuerte red de autores, noveles algunos, profesionales otros, con un objetivo común que les une: su amor por la literatura.

Y es que cada día son más los autores que, del mismo modo que Alicia Rosell, utilizan las nuevas tecnologías y aplicaciones que se derivan de canales comunicativos en red para encontrar su sitio en este mundo tan complejo. Un mundo al que le cuesta aceptar a todos aquellos autores que no han tenido la suerte de ganar una buena remesa de certámenes y premios más o menos importantes. Un público que saluda a los ganadores y acusa un eco ingrato para todos aquellos que no tuvieron su misma suerte.

Rosell, en cambio, nos descubrió la posibilidad de hacernos partícipes de una serie de autores, para muchos desconocidos, rompiendo con las leyes draconianas que el mundo de la literatura, inconscientemente, había recabado para sí; ofreciéndonos la posibilidad de descubrir a muchos otros que, aunque estaban lejos de serlo todavía, se esforzaban por mejorar, mientras que dábamos una calurosa bienvenida a aquellos más aventajados, pudiéndonos comunicar con ellos, por muy lejos que estuviesen.

Pero no es mi objetivo hablar aquí de esa Alicia Rosell “online” ni de sus recientes designaciones como subdirectora de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe (UEAC), su presidencia en SIPEA España o Asesora del Consejo Consultivo de UHE
En sí, de lo que quiero hablaros es de alguien al que todos aquellos que no pertenecen al mundo de la literatura no conocen demasiado. Quiero presentaros a la mujer que se esconde tras ese nombre y apellido; una persona nueva que se nos descubre como una poeta y escritora digna de tener en consideración. No hablo de nadie más que de Purificación Ávila, una escritora nacida en Etxébarri, una hermosa y pequeña población situada a las afueras de Bilbao.

De la misma forma que el Dios romano Jano, Purificación se nos muestra como una persona de carne y hueso que “siente” ese ardor literario que todos los escritores llevamos dentro. Y es precisamente en este libro donde lo hace con toda su intensidad. En Soledad que en mí moras (Alicia Rosell Ediciones, Bilbao, 2010), recopilatorio de canciones y poemas de la autora, descubriremos una poetisa que proyecta un neorromanticismo efervescente, acuñando una simbología a medio camino entre el folclore y los mitos paleocristianos, vertiendo instintivamente toda una lírica amorosa al más puro estilo “trovadoresco”, donde los conceptos del amor y del odio pueden convertirse en caras de una misma moneda.

No es de extrañar que este tipo de lírica amorosa, a día de hoy, continúe siendo la más extendida y seguida por cuantos lectores y admiradores de la poesía, aunque, en el caso de Purificación, adquiere un cariz que la diferenciará de otras escritoras que puedan existir.

En contraposición de ese estilo más bien breve y conceptual del que es provisto la poesía tradicional vasca de Elizamburu o Iturriaga, Ávila se inspira en un modelo lírico anterior a esa literatura romántico tradicionalista que impulsó el “renacimiento” de la obra narrativa y poética en el País Vasco. Pero no va muy lejos para conseguirlo. En sí, ni siquiera se mueve de donde vive. Como buena etxebarra comprende que ante sí tiene todo aquello que necesita para escribir.

Descendientes del linaje del Cid, los Legizamón se instalaron en la Baja Edad Media en lo que hoy se conoce como el Valle del Nervión, pasando a ser los señores feudales de muchos pueblos y villorrios que estaban bajo su “protección”. Etxébarri era uno de esos pueblos, el cual adquirió una suprema importancia en la época, al confluir con el Camino de Echévarri, una vía comarcal que enlazaba Castilla, Orduña y Bermeo; de ahí su nombre. Y fue precisamente en ese entorno campestre e idílico donde creció Purificación, ejerciendo una poderosa influencia en nuestra autora, la cual bastaba de acercarse a la Anteiglesia de San Esteban y contemplar el río Nervión y los valles circundantes para alimentarse de esa inspiración tan necesaria en cualquier escritora, lo que en su caso se transmitiría en una poesía que posee cierta semblanza con la lírica culta medieval, con tópicos tan usados como el del “amor cortés”, como podemos ver claramente en el poema 'La espera':

¡Qué adusta soledad!
¡Qué bacanal de pesares!
¡Qué espera ingrata!
¡Con cuánto urgente desánimo,
me invades!

En él, Purificación nos evoca al viejo tópico barroco del “retorno del amado”, la metáfora de “alado beso” no representa más que al Dios romano Cupido, y las sucesivas exageraciones que devienen en continuas gradaciones hiperbólicas construidas con el determinante “Qué”, dejan entrever un evidente resentimiento por la posible pérdida del Ser Amado. Amor, que posiblemente no volverá y que la única defensa que nos muestra Ávila ante ello yace en la virtud de la “esperanza” que hará que no se apague el fuego del deseo hasta el punto de convertirlo en desesperación: ¡me invades!

Aunque Ávila deja volar su imaginación buscando la acción de sus poemas en mitos más propios de los cantos amorosos de Chrétien de Troyes y sus textos artúricos, nuestra autora mece muy bien los hilos para describir conceptos seculares y propios de la cultura helénica y cristiana (el pozo de las ánimas=el inframundo; cabellos=símbolo de virginidad; el agua=como cita amorosa y erotismo), a la vez que también intenta encontrar ese “beatus ille” buscando, igual que los modernistas, huir del mundanal ruido, en su caso el de Purificación, que reside a pocos minutos de una de las ciudades más industrializadas de España. Por tanto, de la misma forma que podemos ver en ella una profunda influencia romántica a lo Bécquer
en poemas como 'Noche negra' o 'El beso alado', también podemos contemplar una clara influencia modernista en otros como 'Desvaríos de amor', el cual posee algunas similitudes, en cuanto a la forma al menos, con poemas tales como 'Los sueños', de la serie Galerías de Antonio Machado.

Sin embargo, el estilo que rige en Ávila prima más bien por su vertiginosidad poética, frecuentemente desprovista de un hilo conductor que, en cuanto que inexistente, da paso al embellecimiento retórico, dotándose de todo tipo de figuras como sinalefas continuadas (más propias de la glosa o de la prosa poética), y cambios de ritmo versicular, que no son más que los impulsos que hacen vivir a ese otro corazón poético que es Rosell.

Dicen que los alejandrinos escribieron una vez que “el poeta es la voz elegida para la publicación del bien”. He aquí que en Ávila esa frase adquiere toda su dimensión. Y para ello, acude con frecuencia un estilo que algunos críticos han descrito erróneamente como New Age y que, como podemos ver en el poema 'Caballo y espada', nos recuerda a la idealización del amor cortés, en un cielo de plúmbea hojalata (clara referencia del ambiente industrial donde vive y escribe la autora). Eterna alegoría que dibuja una época perdida, asiéndose en el tópico del “tempus fugit”, donde su motivo principal se centra en la tradición romántica de la epístola amorosa, tan extendida en España. De allí, podemos establecer una conexión con el formato renacentista de “la cárcel de amor”, como veremos en la canción 'La carta y el olvido'.

En el segundo poema de la serie Luces y sombras, titulado 'Sombras', alude a la fugacidad, la inconsistencia del tiempo; argumentando que todo amor es breve y no dura eternamente:

Muere la tarde...
Mi alma camina entre suspiros;
Sueña silencios...

Ayer fui carne alegre,
hoy soy sólo carroña.

Mientras que en este poema podemos observar una influencia de algunas figuras retóricas de ámbito sonoro como la sinestesia y la adjetivación, en otros como 'Espejismo en la tarde' podemos encontrar cierto paralelismo con obras como el poema 'En los espacios del tiempo', de J. Ramón Jiménez. En ese poema, la autora mezcla su métrica (más dada al verso libre que a otro en particular), sus tópicos medievalizantes o neorrománticos, y recaba en una poesía más “moderna”, usando por ello una figura de dicción muy utilizada por Jiménez: la metonimia. Asimismo, la autora escoge sustantivos (espejismo, desprecio, desaire, desatino, dolor), para resumir en una palabra que frecuentemente contradice la estrofa anterior y, a su vez, acentúa el ritmo del verso.

Como observación final, debo decir que las constantes personificaciones y conceptos alegóricos, e incluso me atrevería a catalogar de simbólicos, llevan la lírica de Ávila hacia una reverberación de una estética perdida que se embellece con nuevos conceptos y estimulantes mezclas sensoriales que, lejos de ser vanos ecos del pasado, estoy seguro de que harán al lector partícipe de una buena lectura que recalará sus sentimientos con una fuerza, pasión y ternura que no olvidará con facilidad.

Este es un extracto del prólogo que escribió Àngel Brichs para mi poemario. Mis siempre agradecimientos para él por tomar la iniciativa de prologarme.


Ángel Brichs, escritor y crítico literario

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