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Lecturas Recomendadas sobre Literatura Hispánica

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[...] El resultado sería extraordinario: cómodas de seis cajones, con sobres de mármol, camas niqueladas con somieres altos que se fueron colocando en los lugares que yo escogí. Mi habitación destila ahora romanticismo, muy acorde con el ambiente; incluso vestí las ventanas con viejas cortinas que hallé en un baúl.

También mi despacho me dejó complacido. Sólo hubiera faltado pintar unas estrellas en mi bóveda azul para sentirme libre como un pájaro. Además, está tan alta esta cúpula celestial, que nada podría alcanzarla. Extraña similitud ésta que a mí me fascina, aunque esperaré que desde debajo de este cielo -únicamente mío- vayan descendiendo las palabras que han de engendrar mi personaje.

En la otra parte de la casa, la cocina ya ha cambiado radicalmente. Ahora su chimenea está limpia, los poyos lustrosos, los cazos, sartenes y demás utensilios colgados de alcayatas nuevas. En la “fresquera” hallé cubiertos de alpaca de otra época, bañados por una pátina de corrosión que después de lijarlos resultó ser menos dañina que lo que me hizo presagiar su mal aspecto. Nunca sentiré temor de comer en estos cacharros viejos, pues ya quedaron en pleno uso. Estoy dispuesto a recuperar el alma de la casa aunque tenga que renunciar a algunas comodidades de la vida moderna, pero no tanto como a un refrigerador pequeño, más que suficiente cuando uno vive solo.

Quisiera que los días fueran más largos, que las horas se estiraran dos o tres veces más para que el tiempo me cundiera holgadamente. Han pasado quince días desde mi llegada y aún no he tenido ni una señal. Espero que se haga el “milagro” que me apee de este temperamento mío tan obstinado. Acomodado en mi sillón, suelo dejar volar la imaginación, pero difícil resulta cuando se desconoce aún casi todo sobre la vida de tu personaje. “Aquí estoy, personaje, Cándida, antecesora mía: desde estas paredes que han de estar impregnadas de tu espíritu puro, te invoco. He de averiguar qué te ocurrió, pero no sé por dónde empezar. Al menos, dame una señal”... Debía estar loco cuando hablaba a solas con las paredes. Pero sentiré de veras si su espíritu no llegara a revelarse. Si no va a ser así, ya no podré sugestionarme, ni llegaré a rozar jamás la frágil línea que delimita el juicio de la locura.

Al decimosexto día tuve lo que yo creí ser una visión. Apenas duró unos segundos, tiempo justo para que las cortinas de la ventana revolotearan entre ráfagas de viento. Parecióme un hada al principio, pero más bien se trataba de una visión corpórea y terrenal dotada de todos los artificios de la juventud, fugaz visión de alguien desfilando ante mí que me cortó el aliento como lo haría un afilado cuchillo. Su belleza repentina me dejó perplejo: contemplado su rostro durante escasos instantes, otra inoportuna bocanada de aire pareció surgir del interior de mi cuarto e hizo un efecto émbolo que enmarañó los cabellos de la mujer y veló su belleza trémula y delicada. Su imagen etérea logró quedar impresa en mi retina. Me dejaba así, con el corazón encogido en un puño y la respiración entrecortada. De su presencia sólo quedaría el eco sonoro y el pausado discurrir de sus pasos alejándose, calle abajo.

Aunque no tuve tiempo suficiente para retener todas las facciones de su rostro, me diré siempre que eran las de un ángel, ¿quizás habría sido ésa la señal que tanto esperé de Cándida? Como todo son mortificaciones que ensombrecen mi febril mente de escritor, prefiero no pensar que ese aire envolvente que parecía succionarla para atraerla hacia mí me debía estar anunciando que me acercara a ella en cuanto surgiera la menor oportunidad. Si es que volvía a verla...

Por ahora, me quedo con el angustioso pensamiento de su ausencia, de saberla cerca de mí, a cuatro casas arriba o abajo, de pasear por las calles contrarias por donde ella acostumbre a hacerlo, de si frecuentaré los locales y establecimientos cuando ya ella haya salido, casualmente un momento antes. Temo que perderé su recuerdo con el discurrir de los días y que no retendré la fisonomía de sus rasgos, que no podré unir su divina cabeza a ese cuerpo suyo que no alcancé a ver bien... Por ello, a ratos sí y a ratos no, me pregunto si habrá sido real, o si tal vez todo habrá sido producto de mi imaginación calenturienta.

La soledad en la que me recluyo podría haberme vuelto loco sin esperarlo; otras veces, pienso si no habrá sido la misma Cándida la que se paseó corpórea ante mí, como si quisiera mostrarse y confirmarme que no estoy tan solo como yo creo. Aunque una sóla cosa es cierta: la mujer de la visión se giró hacia mí para mirarme como si hubiese sido avisada por ese sexto sentido que dicen que todos poseemos.

Mientras ella se alejaba, yo quedaba clavado en la butaca herido de muerte por las flechas de Cupido. Incluso dejé de escribir durante el resto del día, pues mi mente no pudo ya centrarse en nada más que esa aparición sensual y demoledora; la misma que me dejaba desolado en la semi penumbra de mi cuarto de trabajo, bajo el cielo azul de mi cúpula.

La soledad: la siento como una losa pesada doblegando mi espíritu. A causa de este silencio, repleto de ausencias, estoy seguro que no he de parecer el ser humano sociable que antes fui. Y, -aunque no debo sentirme triste por lo que no fue y nunca será- siempre creí que nada me ayudaría a olvidar aquélla mujer de mi pasado por mucho que ya no me duela. Nace de nuevo en mí ese sentimiento desconcertante que nos cambia la vida, ¿mal llamado amor? No se trata de estar enamorado, no es esa la palabra; me siento “hipnotizado”, tanto como Cándida debió de enardecer por igual a cuantos la cortejaron en vida.

Aquel mismo día retomé la escritura, acelerado pero repleto de ideas que plasmar en las cuartillas; por fin manejaba libremente mi mano mientras las ideas fluían vigorosas desde el cerebro hasta el papel: Escritura automática, como ya dijera en algunos de los talleres literarios que impartía en el pasado.

Cuando decidí abandonar Madrid no pude imaginar lo que me estaba esperando. Mi vida me ha convertido en otro desde que paseo por estos caminos de las estribaciones de la sierra. Disfrutaba de mis horas de escritura, pero el hecho de no tener contacto con la naturaleza iba poco a poco agotando mi caudal de ideas. Necesitaba recargarme de los olores y colores del paisaje que ahora me rodea. Andar y desandar caminos y veredas sin compañía alguna; aunque a veces pienso que me vendría bien la mansa y fiel presencia de un perro amigo. Estoy absolutamente seguro de que ha de ser la única amistad que necesito para sobrevivir a la rutina de mis días... la mejor para cualquier bohemio excéntrico que aspira llegar a tocar el fondo de su alma con la mente clara y el corazón frío. Desearía un mundo pintado de colores a mi gusto, que nada ni nadie me estropeara el cuadro de impresiones que tengo acerca de la vida que me tocó en suertes. Y es así como lo reflejo en mis escritos, en este relato que haré sobre Cándida, tantas décadas de caminos y ríos andados, y vedados después.

Como nunca poseí la más mínima clarividencia acerca del futuro, a lo largo de estas semanas de silencios me he planteado la escritura y la soledad como la mejor medicina para olvidar a Laura, la mujer por la cual abandoné Madrid con intención de expurgarme de todos los fracasos habidos y por haber en nuestra relación.

- Eres un egoísta, Dani, siempre me relegas por tus dichosos libros.

Sus reproches, siempre los mismos, chocaban contra mis intereses y el motivo de mi felicidad. Laura no me comprendía, aunque esta misma frase que sigue aquí se la lanzara cada día, a cada hora, a cada minuto:

- Tengo mucho trabajo, Laura, bien lo sabes. No me pongas a elegir entre tú o mi pasión literaria.

- Ese es el problema, Dani, que no soy yo tu pasión, sino las cientos de hojas que emborronas... -Destilaba rabia cuando me lo decía, pero siempre dejaba resbalar cautelosas y oportunas lágrimas.

El deseo de escribir en paz me devolvió a la vida literaria y se van cauterizando las heridas de mi corazón. Ya apenas siento dolor por su huida, y desde que tuve la visión de la hermosa mujer del cabello enmarañado, más aún siento que me desligué del recuerdo de ella para siempre.

Laura ya no supone un tortura psicológica para mí. Ahora abordo los días con infinitos deseos de vivir sensaciones nuevas; dichoso corazón el del hombre, Daniel Soto escritor, yo mismo, el que escribe estas palabras y no puede estar sino ocupado en amores ficticios o reales; el que no puede sentirse pleno sin vivir un nuevo sentimiento puro y romántico... Ahora mi hada hecha mujer vive en mí, ya no es aquella Laura que me hacía sufrir, sino una mujer que aún no conozco: un rostro sin nombre -con el sello impreso de la pureza- es el que domina mis emociones. Deseo volver a verla, encontrarla, presentirla en los rostros de las mujeres con las que tropiezo por las calles, pero me desespero con el paso de los días. Sé que cuando la vea sabré que es ella por ese halo de misterio que envolvía su presencia. Pero la inquietud va tensando mi cuerpo con el paso de las horas. Ya me dejo dominar por la desesperanza y consumo mi impaciencia fumándomela a base de cigarrillos.

Si no volviera a verla... mi vida se tornaría insulsa o tanto peor que esta soledad que en que yo busqué refugiarme. Si no la encontrara nunca más... sería muy desdichado... pero no debería entristecerme por lo que todavía no acaeció. Tengo que salir a la calle, pasear más por el pueblo, frecuentar las cantinas, las terrazas nocturnas atestadas de gente que disfruta de las tibias noches con que aliviar los calores diurnos; Tengo que mirar a mi alrededor, no perderme uno sólo de los detalles, pues ella puede aparecer en cualquier instante, y aturdirme como la primera vez, o emborracharme con la destreza de una dama de otros tiempos.

Resurgirá en mi corazón un sentimiento diferente pero nuevo en cuanto la vea, y será el mismo que vivificará sentimientos que creía olvidados e irrecuperables. Ella podrá ser la causante de mi felicidad si logra sacarme de mis duras reflexiones, desquiciadas tribulaciones mías, las que suelo hacerme sobre los temas existenciales. Que yo sea agnóstico por mis creencias más cercanas a las teorías científicas que a las religiosas, no tendría por qué ser motivo para perder la esperanza de hallar a Cándida y a la vez, a la mujer que me robó el sueño sin siquiera conocerla [...]

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Foto de Carmen Puch de Güemes

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Alicia Rosell ©

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