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UN DIA CUALQIERA DEL VENDEDOR DE GAFAS

(TRES POEMAS)



de Alexis Díaz Pimienta, el jueves, 11 de noviembre de 2010

Feliz con el Accésit que obtuvo este libro en el Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, de Canarias, no resisto la tentación de publicar un anticipo, tres poemas. Este libro, todo, es un alegato en defensa de los inmigrantes en España y el resto de Europa, un grito desgarrador denunciando feas realidades cotidianas.

Dice el Jurado en su Acta:

"La decisión del jurado de conceder el accésit al manuscrito Un día cualquiera del Vendedor de gafas obedece básicamente al deseo de reconocer y premiar una obra poética inspirada en la realidad cotidiana y en la capacidad del creador de descubrir la poesía de la realidad prosaica del día a día. Este es, a nuestro juicio, el fantástico don del escritor. [...]

El autor del poemario recurre a una doble perspectiva, la del inmigrante ante la realidad europea y la del europeo ante la realidad del inmigrante. El poeta se fija en el humilde vendedor de gafas, estatuillas, discos compactos ilegales, collares y amuletos, “con los ojos hinchados de mirar sin ver, / y los tímpanos carcomidos por palabras esdrújulas, / y la lengua deforme [que…] a las doce y cinco minutos de la noche[…]cae dormido sobre su propia sombra, / entre su mercancía”. Intenta descubrir el poema en los restos un naufragio, en un bazar o en las calles de Argel, o en las caras de muertos vivientes de los negros que a las tres de la tarde entrar a hacer sus compras en Carrefour. La luz inhabitual y favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad le permite al poeta ver el mar de aguas oscuras “llenas de cadáveres que nadie ve”, o a los familiares de los inmigrantes sin nombre que perecen en las costas de Europa.

Son breves historias de personas anónimas, que se descubren únicamente ante los ojos privilegiados del creador: el tocador de banjo de la estación del metro, la de la Venus Hotentote, el guerrero bosquimano, el náufrago Mohamed y tantos otros.

La sustancia poética no reside principalmente en los recursos estilísticos habituales de la lírica, sino en el lenguaje adecuado a la realidad descrita, con metáforas e imágenes originales, inéditas, que son el reflejo literario de la revelación privilegiada de la realidad."

Hasta aquí el acta. Yo lo dejo a vuestra consideración. Abrazos.

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Un día cualquiera del vendedor de gafas


para Uberto Stabile

para Inongo-vi-Makomé


A las diez de la mañana

el negro vende gafas de sol, cinturones de piel,

tallas artísticas con pezones y cuernos.

A las dos de la tarde el negro vende ébano bembón,

collares bendecidos por lejanos orishas.

Con la mirada perdida en algún punto de la otredad,

solo, en cuclillas, el negro vende.

Salió de África un lunes de peces ciegos

y maderos enmohecidos por la luna, un lunes agrio;

salió apoyado en el hombro de otros potenciales vendedores

de gafas de sol, cinturones y tallas.

Dejó una casa enorme, con rascacielos verdes,

con gigantescos animales domésticos.

Dejó una mujer rodeada de anafes,

cacerolas de barro y ojitos redondos y ahuecados

como las antiguas monedas de veinticinco pesetas.

A las seis de la tarde el negro vende collares y amuletos.

A las diez de la noche el negro vende pedacitos de música.

Vende envuelto en trapos multicolores

y con los dientes blancos.

Vende a la vez que sueña

con papeles que legalicen su rubor,

o con goles que lo rediman de visitar el mercadillo.

El negro tiene los ojos hinchados de mirar sin ver,

y los tímpanos carcomidos por palabras esdrújulas,

y la lengua deforme.

Por eso los niños se ríen

cuando lo escuchan proponer “cinturrones”.

Por eso casi nadie compra sus mercancías.

Por eso, incluso, molesta el tono oscuro de la palabra “gafas”.

Por eso, incluso, los pequeños comerciantes lo denuncian.

Por eso, incluso, abundan policías y traficantes de indigencia.

A las doce de la noche el negro cuenta las monedas que tiene.

Las gafas que le quedan. Los cinturones.

Los senos y los cuernos de madera.

A las doce de la noche se supone que los orishas se despiertan

y que toda África bulle entre tambores y danzas tribales.

Pero a las doce y cinco minutos de la noche

el negro cae dormido sobre su propia sombra,

entre su mercancía.

Cae dormido con los ojos redondos y ahuecados

como antiguas monedas de veinticinco pesetas,

ojos que no le sirven para nada en la época del euro.


“Quiero vivir más de 45 años”

Da Diallo acaba de ser rescatado del mar. Su lancha chocó contra el pesquero al que se había acercado para pedir agua y gasolina. No parece afectado por la muerte de su hermano mayor, cuyo cadáver se halla a solo unos metros. Cuando un voluntario de la Media Luna Roja le pregunta por qué quiere ir a Europa, responde: “Quiero vivir más de 45 años”.

Tomás Bártulo, El País Semanal, 16 de abril de 2006, p. 53


¿Y dónde está el poema?

¿En sus párpados mohosos como tablas náufragas?

¿En el vidrio molido de su orina reciente?

¿En las lejanas costas de Nuadibú,

en las chabolas letrinosas de Nuakshot?

¿Dónde está el poema?

Buscamos, como arqueólogos desesperados,

los restos del poema entre las rocas,

pero sólo encontramos los ojos de Da Diallo,

que solo ve los restos del cayuco,

que solo ve la furia de las olas,

que solo ven el cadáver de un niño de 44 años.

¿Dónde está el poema, dónde se habrá metido?

Seguramente, el agua reblandeció sus partes,

oxidó sus signos más visibles,

y nos queda tan solo la escena del crimen,

el cadáver del poema, pero no su cuerpo.

De todos modos, convencidos de la importancia del poema,

continuamos buscando, buceamos con cámaras de vídeo,

cámaras fotográficas, bolígrafos, lápices,

SMS, emails, sonidos guturales, canciones de protesta,

con toda la parafernalia de la voz buscamos

el poema, sus huellas, sus restos,

pero sólo hallamos los ojos de Da Diallo, comidos por el frío,

salpicados de arena en una vanguardista instalación del miedo.

No está el poema, pero sí su imagen.

No está el poema, pero sí su hermenéutica salvaje.

Da Diallo estuvo meses entrenando para nadar bien.

Da Diallo nada de forma tan sublime que ahora es

la única parte del poema visible, su parte plástica.

Decepcionados, los convocados para el levantamiento del poema

nos conformamos con un único verso:

“Quiero vivir más de 45 años”,

un raro verso de trece sílabas

—nada frecuente en estas costas—

puesto en la boca de alguien

que no sabe, evidentemente, matemáticas.


Argel en agosto


Un mar de jabas de nailon negro, preñadas de aire,

a los pies de unos niños que juegan al fútbol.

Estamos en Argel,

bajo la blanca luz de las tres de la tarde.

Un mar de jabas de nailon rotas, colgando de la hierba.

Niñas y niños saludan desde las ventanas.

Dos adolescentes se ofrecen como guías

de este barrio sin pérdida,

de esta explanada llena de mariposas asustadas.

Al fondo, un almacén con pintadas en árabe.

Junto a nosotros, a nuestro alrededor,

el olor del cilantro y el jengibre.

Uno de los adolescente es Ammón,

dueño de un largo alfabeto gestual

y de una risa pícara y salvaje.

Ammón nada en el mar de nailon negro

como un pez conocido.

Pero a nosotros nos deslumbra la luz,

nos enceguece el polvo.

Telas de todos los colores cruzan a nuestro lado.

Sandalias de todos los tamaños nos persiguen.

Alfombras que no saben volar penden de los balcones.

Ammón traduce nuestra sed, mal interpreta nuestro hambre.

Ammón tiene catorce años y un tío en Algeciras.

Ammón tiene los dedos de los pies sucios y un hermano poeta.

Nosotros somos torpes, ingenuamente malos,

más infelices que una jaba de nailon agujereada por la hierba.

Estamos en Argel con zapatos del Corte Inglés.

Estamos en Argel con relojes de pila.

Estamos en Argel con gafas oscuras.

Estamos en Argel con cámaras digitales.

Estamos en Argel con violentos recuerdos de niños degollados.

Estamos en Argel y nos negamos a comer lechuga.

Estamos en Argel compadeciendo a las muchachas.

Estamos en Argel bebiendo Coca-Cola.

Estamos en Argel pensando en el hachís.

Estamos en Argel recordando qasidas y moaxajas.

Estamos en Argel perdidos,

descalzos, desnudos, temerosos,

rogándole a este adolescente que nos diga

la edad de las alfombras,

la afinación real de los laúdes.

Pero nada es posible.

Mucho menos ahora que Ammón

acepta una gorra de béisbol y dice “gracias”,

como si comprendiera.

El viento sopla, levanta polvo,

envuelve a Ammón y se lo lleva lejos.

De los balcones se desprenden las alfombras más tristes.

En las ventanas los rostros infantiles se apagan.

Ahora somos reclusos incomunicados en medio de la hierba,

a las tres de la tarde, bajo la luz blanca de Argel,

en una ciénaga de jabas negras preñadas de aire.


La mejor hora para ir a Carrefour...

A las tres de la tarde las cajeras

se turnan para tomar café (o ir al servicio).

De pronto, mudas, con los ojos,

las bocas y las cajas abiertas,

miran entrar a un grupo de cadáveres.

Los ven coger los carros de la compra,

descalzos, con la ropa mojada

y manchada de arena. No tienen ojos,

sino peces nerviosos en las cuencas vacías.

No tienen voz, sino un gritillo lánguido,

como de tabla rota.

Unos son negros, otros verdes, otros azules,

la mayoría color travertino.

Tranquilos, los cadáveres se dispersan

por los departamentos.

Una cadáver embarazada va,

apoyándose en otra,

a ver la ropa de bebé.

Los hombres van, de tres en tres,

a escoger frutas,

pantalones, electrodomésticos.

Todo normal, hasta la frialdad

del cantante de moda por los altavoces.

Entre los cadáveres no hay ninguno que fume.

Sólo uno bebe alcohol.

Y un tercero sabía que existía el látex.

“Son más de quince”,

piensa la muchacha de la caja número 1.

“Son más de treinta”,

piensa la muchacha de la caja número 2.

“Son cientos, miles, cientos de miles”,

piensan las muchachas de las cajas 3 a la 8.

“Son negros”, piensan las muchachas de la 9 a la 15.

“Son muertos”, piensan las muchachas de las 16 a la 22.

“Son jóvenes”, piensa la muchacha de la 23.

“Son negros muertos jóvenes”, piensan todas,

y continúan mirándolos.

Los cadáveres deambulan por Carrefour,

llenan los carros de panes y peces,

de latas, frutas, ropa sport, confituras.

No hablan con nadie. Y nadie habla con ellos.

Sólo las cajeras observan, atónitas,

cómo pasan por caja sin pagar,

desdentados y frágiles,

y se alejan hacia los botes

que los aguardan en el aparcamiento.

“Es increíble cómo ha avanzado

el mar en los últimos años”,

comenta la muchacha de la caja número 24.

“Sí, es increíble”, repiten a coro las demás,

y se quejan de haberle puesto sal

en vez de azúcar al café, y sonríen.


"Un día cualquiera del vendedor de gafas"


"Su sueño era vivir en Canarias"


Felicitaciones, Alexis Día Pimienta, por tu premio y por la excelencia de tus Letras. ¡Gracias por ser miembro de LVDLPEI!
Alicia Rosell.

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