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Por las preguntas que nos niegan los medios
El otro lenguaje

 
Ver como pdf30-03-2011    
La perturbación de la lógica periodística se puede medir con la siguiente comparación: antes, primero ocurrían los hechos y después eran noticia; ahora, primero ocurren (se inventan) las noticias y luego son hechos. El absurdo (o el chantaje) está llegando a tales extremos que se le pretende juzgar a la ficción posiciones éticas más propias del periodismo que de la creatividad. 

Llamaron antisemita a Umberto Eco porque un personaje de su novela “El cementerio de Praga” lo era; en Estados Unidos “la corrección política” de un editor ha ido más allá de las opiniones y censuró diversas palabras en nuevas ediciones de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, ambos clásicos de Mark Twain. Y, detrás de estas “revisiones”, otras obras integran la lista de la “realidad bonita” con la que nos quieren vedar la capacidad de observación (y de participación real en los acontecimientos de nuestro presente). Mundo al revés, diría mi abuela; se le impone a la ficción una ética que hace rato perdió el periodismo que se practica como molde desde la industria mediática. Se mata a la ficción y se instaura la verdad absoluta. 

La lógica de la ficción no copia (ni obedece) la realidad, mientras la del periodismo, como principio básico, informa (intenta copiar) esa realidad. Sin embargo, cada vez con mayor fuerza (y atropello) el esquema global del periodismo ha entrado en terrenos más propios de la inventiva. Se da un titular (que opera como un mismo patrón internacional) que esconde la verdadera intención de la información. Ejemplo de esto hay muchos, no obstante, ofrezco uno (dantesco) que se dio en medio de la batalla mediática que grandes diarios europeos emprendieron contra el escritor austríaco Peter Handke, cuando a éste se le juzgó por disentir de la verdad absoluta que se promulgó durante la guerra de los Balcanes. 

El diario El País de España del 05 de mayo de 1996 (y desde entonces cómo ha aumentado esta práctica) publicó: “Handke leerá en público en Viena su polémico ensayo proserbio”. ¿Debe un medio de información jugar con las palabras para manipular la comprensión de los lectores? Y si esto se hace, ¿de qué realidad habla la gente?, ¿de la realidad real o de la realidad mediática? ¿Por qué cuando se informa que Handke leerá su texto en Viena se asegura que es proserbio? ¿Se pretende informar de la lectura o de que Handke es proserbio? ¿Les importa a los dueños de la industria mediática (y a los periodistas que les obedecen) las consecuencias que se desencadenan a partir de un hecho manipulado? Un hombre asesina a una mujer y los periodistas persiguen (en el lugar del hecho) a los vecinos para preguntar cosas como estas: “¿presenció usted las discusiones de la pareja?”; “¿es cierto que el asesino maltrataba a la mujer?”; “¿era un matrimonio normal?”; “¿escuchó usted gritos?”; “¿los niños de la pareja eran normales?”…El periodismo no debe desencadenar realidades a partir de una información (eso es propaganda): se reitera la llegada de la crisis (sin que aún exista); se magnifican conflictos locales (se le cierra el espacio a las preguntas, y se le abren las puertas a la intervención extranjera); de cualquier caso, en cualquier parte, se dicta sentencia mucho antes de que los jueces (y los implicados) siquiera estudien el caso.

El cáncer que sufre la lógica periodística no es un juego ingenuo. Es posible que en la voluntad de muchos periodistas exista el buen ánimo que les hace creer que están haciendo bien su trabajo. Sin embargo, el ejercicio del periodismo no es un asunto de “voluntad” sino de responsabilidad con las diversas partes del todo que componen la realidad social. Para ello al periodista (como siempre se supo) se le pide que apunte al pretendido centro de la objetividad. No obstante, es posible que el problema nazca en la forma cómo se enseña la lógica, de esta objetividad, en las escuelas de periodismo. ¿O acaso al estudiante no se le presenta una exclusiva visión de la objetividad con la que debe medir la realidad? ¿Y cuál es esa realidad? Pues, sin duda, se trata de la realidad que le interesa al “orden capitalista”. Y el periodista (ya graduado) sale a la calle con ese “conocimiento” (dogmático) a cuestas, dispuesto a defender “la verdad” que le han enseñado. De ahí que más de un reportero, en lugar de cubrir las partes de una realidad, informa la “objetividad” que piensa subyace invisible alrededor del tema. Mientras el espectador (en su casa o en la calle) sigue las noticias (que son las mismas en la mayor parte de los medios) sin sospechar que lo que está siguiendo es la forma de “objetividad” que impone la lógica del sistema capitalista. 

A partir de entonces, los consumidores de información aprenden (la escuela continúa) la única versión de la realidad que se les presenta. Durante el conflicto en Libia, un reportero de un canal de televisión de España mostraba los cohetes lanzados por las fuerzas occidentales que, según los voceros del gobierno libio, impactaron contra territorio civil. El reporte del periodista no se limitó a comunicar la versión de una de las partes (la del gobierno libio), sino que en su conclusión dijo que “los residuos de los cohetes mostrados parecían más bien chatarras traídas ahí para la ocasión”. De ahí nace la “opinión pública” que durante los próximos días (meses, años y décadas) repetirá como dogma una verdad absoluta. 

La sociedad global está atrapada en un discurso mediático que propone el miedo como la norma del día a día. Nada (o poco) se podrá lograr para cambiar el modelo sociocultural si no somos capaces de diseñar una nueva lógica de la comunicación en coherencia con las diversas realidades del ser humano. Si la ficción literaria (que es la ficción subversiva) ha sido reducida a la nada, bien valdría la pena buscar propuestas surgidas desde la misma visión de los creadores (que siempre atenderá a la realidades, por más brutales que sean, con mayor humanidad que la bestialidad mediática). Ante el tema, que lleva tiempo y va en avanzada, Georges Perec, en su libro “Lo infraordinario”, dice: “Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares. Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrillan y cuantos más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar contra los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no cesan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos…

La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular”. Peter Handke, en el libro “Preguntando entre lágrimas”, plantea la necesidad de buscar otro lenguaje, uno distinto al de la lógica periodística que tan saturada y acorralada (de incomprensión) mantiene a la sociedad. “¡Liberad por fin el lenguaje! Aprendamos el arte de hacer preguntas”, termina sugiriendo Handke. El diagnostico hace rato que se tiene, más pronto que tarde habrá que diseñar un nuevo aprendizaje que, sin dogmas, sea capaz de devolverle al periodismo su papel de vocero de todas las realidades. De lo contrario, el periodismo, como necesidad social, morirá y dará paso al nacimiento de una nueva forma de comunicación de las perspectivas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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